El parque de enfrente




Siempre fue una mala estudiante. 
Y los maestros no perdían la esperanza de enderezarla.

No asistía a clases y se quedaba en el parque de enfrente, que más que parque, parecía un bosque perdido entre la civilización.

Desde siempre fuimos amigas. Vivíamos en el mismo sector. 
Hacíamos las tareas juntas y casi siempre reprobábamos. Las vacaciones de verano, para nosotras, eran cursos de regularización.

Su mamá decía que yo era una mala compañía y mi mamá que éramos el complemento perfecto, yo floja y ella vaga, ella necia y yo despistada... y así terminamos la escuela.

En la fiesta de graduación me hizo prometer que cruzaríamos las dos solas el parque de noche.

Ya con unas copas encima, mejor dicho, con dos botellas encima, me arme de valor y agarradas de la mano dimos los primeros pasos por el bosque.
El silencio era absoluto y, a pesar de ser invierno mis mejillas ardían a fuego lento y las manos me sudaban. Ella comenzó a cantar una canción que no entendía.
Diez minutos más tarde nos detuvimos en un lugar donde parece que alguna vez fue una fuente.

Nos sentamos y 
de su mochila sacó un botella de brandy.
La bebimos despacio mientras recordábamos nuestra historia desde el día que nos conocimos.
Todas las fiestas y fugas de noche, cuando me rompí el tobillo al escapar por el balcón y aun así nos fuimos de juerga; el día en la playa que nos quedamos dormidas y asadas por el sol; cuando su papá se murió y se quedo a vivir una semana en mi casa. 
Tantas cosas vivimos por doce años!... y me hubiera gustado que fueran más. Pero esa noche se despidió de mí.

Me dijo adiós. Me regalo sus patines y un libro con poemas de Sabines. En la dedicatoria había escrito que la vida era corta y muy poco el tiempo, que ella no lo perdería mas.

Y así, se fue sin avisar...

Hace diez años que no sé de ella y siempre la extraño. Era mi amiga, mi compañera, mi cómplice…
Amelia ¿Dónde estás?

Todos los 30 de octubre voy a Morelia y te busco en el parque de enfrente.


Autor: Brenda Cárdenas

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